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Una mirada diferente sobre el TDA (H)

El llamado Trastorno por Déficit de Atención, con hiperactividad (o no), es un problema que alcanza a nuestr@s niñ@s y adolescentes cada vez con más frecuencia. En las aulas, por ejemplo, es fácil encontrarse con niños y adolescentes diagnosticados de hiperactividad y déficit de atención.

El niño así diagnosticado presenta un cuadro de falta de atención, impulsividad e hiperactividad, entendida esta como dificultad para estar quieto, con movimientos ansiosos, sin sentido, constantes, habla en exceso, hace ruidos, no acaba las tareas. Sin embargo, para que todo este cuadro sea considerado un trastorno, es necesario que esta conducta se dé no sólo en el ámbito escolar, sino en otros 6 o 7 ámbitos más, como la familia del niño, por ejemplo.

El cerebro de un niño está en desarrollo. En su formación hay un 90% de carga experiencial: es decir, de todo lo vivido. Cuando un niño presenta esta conducta hemos de mirar al niño: su entorno, su familia, sus circunstancias.

Y es que hablamos de hiperactividad en una sociedad que curiosamente fomenta, sobre todo, el movimiento. “Que nada te pare”, rezan los eslóganes de los productos antigripales. “Muévete", dice el de Coca-Cola. Comemos comida rápida y no tenemos tiempo que perder. La urgencia por 'hacer' es compulsiva, hay un empuje social hacia el no detenernos, sin pensar ni discriminar cómo, cuando, dónde o porqué. Todo ocurre, o parece que debe suceder, muy rápido.


Hay que considerar que la identidad del ser humano se construye: es un proceso. Un proceso donde entran la frustración, la paciencia, la curiosidad, la capacidad de aprender.

Sin embargo, nos enfrentamos a una sociedad que basa la identidad en la cantidad de cosas que hacemos (mucho más que en la 'calidad' de lo que hacemos) y en lo que poseemos, así como en la aspiración de ser perfectos. Poco espacio queda para la construcción de una identidad con seguridad y fortaleza. Socialmente se nos insta a que estemos activos, sin más. Y eso nos roba un tiempo precioso para reflexionar, para integrar lo que vivimos, para sentir. No hay tiempo para las relaciones importantes. ¿Cómo encajamos a los niños en todo este frenesí? ¿Cómo podemos encontrar la paciencia y el tiempo para acompañar su desarrollo, un proceso que necesita de paciencia, dedicación, escucha, en definitiva,  presencia?

Los niños se relacionan cada vez más con objetos. Tienen cosas: juguetes, juegos. No llegan a aburrirse con un juguete. Ni a romperlo y tratar de reconstruirlo... si se rompe, hay otro.... y otro más.
En los adultos prima el deseo de resultados, de satisfacción inmediata. Todo ha de ser rápido. En general, se observa en los padres conductas muy polarizadas: pasan de una complacencia en todo a un “no” tajante. No hay tiempo de acompañar, de escuchar al niño.

Cuando un niñ@ se mueve de forma compulsiva, está tapando la ansiedad. La ansiedad que le puede generar, por ejemplo, el proceso de aprender. Aprender significa enfrentarse a lo desconocido. De por sí,  ya genera ansiedad.

Cuando en un niño aparece un problema de aprendizaje vemos, por un lado, una dificultad para afrontar la ansiedad que le causa no entender todo lo que le ocurre por dentro. Es decir, no entiende ni puede integrar las emociones que le plantea el reto del  aprendizaje. 
Nacemos con curiosidad. Sin embargo, la curiosidad y el deseo de aprender requieren tiempo y acompañamiento. Tiempo para entrar con profundidad en aquello que deseamos aprender y aprehender. La tarea de aprender significa desarmar, romper y reconstruir. Es la mirada de los padres la que da al niño la seguridad para sostener este proceso. Son los comentarios del tipo: “bien”, “sigue así”; nuestra curiosidad ante sus descubrimientos y nuestra aceptación de cómo maneja la dificultad.


La postura de los progenitores ante lo “distinto” guía también el proceso de aprendizaje del niño. Es necesario que se le ayude a sostener la curiosidad y la concentración; que haya una presencia tranquila acompañándole, animándole a probar una y otra vez, enseñándole a profundizar. La atención de un niño tiene que ver con la atención que recibe. Hay padres exageradamente rígidos, por ejemplo, que piden una forma única de solventar las cosas, en lugar de valorar la forma en que lo hace el hijo.

Un niño con déficit de atención nos habla de familias donde hay adultos poco presentes; entendiendo la presencia como una cualidad de acompañar, no sólo como un acto físico de estar. Progenitores que no están en los asuntos de los niños. Padres y madres que viven en un exceso de actividad y están siempre cansados. El niño es visto entonces solo por unos instantes: apenas dispone de sus padres el tiempo que necesita para poder crecer y construirse con apoyo, seguridad y confianza en sí mismo. 

Los niños no dominan el lenguaje, pero sí absorben los estados emocionales de los adultos que los rodean. Es importante aprender a hablar con los niños. Necesitan las palabras del adulto para entender lo que sienten, palabras que validen su emoción. De este modo se produce la integración de lo que viven, que favorecerá la reflexión y la comprensión de lo que le sucede.

También es importante explicarles qué es atención, y qué les estamos pidiendo cuando les pedimos que estén atentos. Existen diferentes tipos de atención, es necesario saber cuál es la de cada niño para saber qué estrategias necesita fortalecer.

Muchos distractores de la atención son de origen interno: el niño con TDA(H) siente que falla al enfrentar la tarea, y no puede sostener que falla. Todo su diálogo interno le habla de fracaso, de incapacidad. Este niño se cierra al aprendizaje ya que sólo le genera angustia. Mejor rechazar la tarea que enfrentar no ser capaz de resolverla. Los niveles de ansiedad son considerables: para expresarla, el niño se mueve o se pierde en una ensoñación, o tal vez manifieste una conducta agresiva.

Necesita entender lo que vive, por un lado, y desarrollar recursos por el otro. Si no comenzamos por enfocar la atención del niño  hacia adentro, hacia lo que le está sucediendo, la atención hacia lo externo no se dará.
Por ejemplo, los padres sobreprotectores favorecen la mala imagen interna en sus hijos, pues no permiten que desarrollen recursos para solucionar los problemas que se les plantean. Habría que ver cuánta ansiedad genera en los padres la posibilidad de que el hijo no pueda superar el obstáculo o bien que se frustre.

Para que un niño esté atento es preciso estar presentes con el niño: atendiendo nuestras propias expectativas sobre él, y, al mismo tiempo, viendo lo que nos expresa y necesita para poder ayudarle a encontrar recursos que fortalezcan su identidad.

No se puede pedir atención plena si no estamos plenamente presentes con el niño.

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