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La trampa del pensamiento positivo.




Ya hace unos cuantos – bastantes- años que estamos inmersos en mensajes del estilo: Puedes tener cualquier cosa que quieras si estás dispuesto a renunciar a la creencia de que no lo puedes tener; La gente a la que le va bien en la vida es la gente que va en busca de las circunstancias que quieren y si no las encuentran, se las hacen, se las fabrican; y todo tipo de pensamientos “positivos” que nos han conducido, erróneamente, a la fantsía de la omnipotencia.
¿Qué pasará entonces cuando la vida  nos sorprenda con acontecimientos inesperados? ¿Es que nos hemos de sentir culpables de haber fallado? ¿De no haber sido capaces de fabricarnos las circunstancias adecuadas?
La trampa en la que hemos caído es pensar que todo cuanto ocurre está bajo nuestro control. Que podemos obtener cuánto deseamos – distinto de lo que necesitamos-  Para mí, ese es el pensamiento fantástico: creer que podemos controlar la vida, con  todas sus vicisitudes.
Y para ello negamos todo cuanto juzgamos un estorbo:  como si vivir fuera una carrera hacia una meta – el éxito o la felicidad – y el estado en el que hemos de correrla una permanente alegría.

Que no somos omnipotentes es obvio: somos tiernamente humanos. Nos asustamos, nos frustramos, nos sentimos tristes y también alegres. Y nada, nada, es permanente. Quizás eso es lo mejor que podemos aprender: que todo pasa, que todo es efímero, que nosotros mismos somos tránsito.
Parece que el dolor, la tristeza, nos asusten.  Seguramente, como decidimos ignorar las propias, cuando vemos las emociones en el compañero, en el amigo, nos saltan todas las alarmas. Comos si hubieramos de estar instalados siempre en la alegría, es más, en la euforia. Sin respetar los ritmos de la vida que, desde luego, nos trae todo tipo de sorpresas y de emociones inesperadas.
¿Qué pasaría si nos permitiéramos conectar con la tristeza? ¿O con  el dolor? Incluso con el miedo.
Sin duda, durante un tiempo nos sentiremos embargados por la emoción…pero es un tiempo cada vez más breve a medida que nos lo vamos permitiendo. Lo contrario, negar la emoción y bloquearla, nos enquista, nos vuelve rígidos, estáticos.
El dolor a veces nos doblega, sí. La buena noticia es que estamos preparados para sostenerlo y atravesarlo. Lo mismo que la tristeza, lo mismo que el enfado.
Qué bonito es cuando podemos permitirnos estar tristes y tener un hombro donde apoyarnos, o simplemente, gozar de la compañía de otro que te respeta en ese estado, porque no le teme. 
Qué tranquilidad saber que no todo se puede lograr, por mucho esfuerzo que le dediquemos. Y poder aceptar la frustración que  ello nos produce, atravesarla.
Qué alivio sentirnos vulnerables y pedir lo que necesitamos. Volvernos flexibles ante las tormentas.  Elásticos, como los juncos, y no rígidos. El tronco del árbol se parte; el junco se inclina y deja pasar el viento o el agua.  Y luego se vuelve a levantar hasta la siguiente ola.
Decidir cómo vivimos cada situación, eso sí está en nuestras manos.


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